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Cosas que pasan

Trabajas un tiempo para el Círculo de Lectores y cuando lo dejas acabas siendo socia...

Porter Any

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He cambiado tanto que apenas me reconozco. ¿Qué decir de mí? Que lo que tú puedas descubrir deberías compartirlo conmigo, para ver si arrojas algo de luz sobre mi oscuridad.
Aquí encontrarás los lugares donde escribo.
Lo que puede llegar a decir esta mujer... xD
Para reirse o reflexionar.
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2009/07/28

Recuerdos. Parte X.

- Eso suena muy serio.

- Bueno, lo era. O al menos para mí…

- ¿Quieres contármelo? – Alicia bajó el tono de voz, temiendo haberse metido donde no le llamaban.

- Supongo que me vendrá bien… Ya ha pasado casi un año…

Marta se sentó en la cama, meneó la cabeza y se levantó ignorando la preocupación de Alicia. Caminó hacia la cocina y abrió la nevera. Su amiga la siguió sin pronunciar palabra. Mientras cogía las cervezas, comenzó a hablar, con la voz enronquecida por las lágrimas que luchaban por atacarla al igual que lo estaban haciendo los recuerdos.

- Laura fue una de las primeras amigas que tuve en el ambiente. Era mi consejera cuando conocí a Rosa, mientras estuve con Lidia… No podía imaginar que acabaríamos sintiendo algo la una por la otra… Me conocía a la perfección, pasábamos muchísimo tiempo juntas, teníamos proyectos en común…

- ¿Como tú y yo? – preguntó Alicia con un hilo de voz.

Marta se limitó a mirarla fijamente y asentir, con una mueca de resignación en sus labios.

- Todo comenzó una noche en la que conocí a una finlandesa guapísima, rubia platino, con unos ojazos verdes increíbles. Habíamos salido toda la pandilla y decidí que tenía que olvidarme de Rosa, de Lidia, de todo… Abrir mi mente a otras expectativas. Y allí estaba la finlandesa… Ni siquiera recuerdo su nombre… No hablamos demasiado, mi inglés dejaba bastante que desear… Bueno… Ya te puedes imaginar…

Alicia permanecía en silencio, mirándola.

- El caso es que Laura empezó a ser muy borde. Conmigo, con la finlandesa y con el resto de la pandilla. Hasta que una de las chicas le gritó y sus palabras llegaron a mis oídos… “Si estás celosa, te jodes, pero te jodes tú sola”. Celosa… La miré, medio sonriendo, sin creerme lo que había oído. Pero ella enrojeció y agachó la cabeza. Era cierto… Estaba celosa.

Marta abrió las dos cervezas con los dientes y ofreció una a Alicia. Volvió hacia la habitación y se dejó caer sobre la cama, se acomodó sobre los almohadones y dejó caer al suelo sus zapatillas de deporte. Alicia la siguió y se sentó a los pies de la cama, a una distancia prudencial.

- Esa noche me fui con la finlandesa a su piso. No supe cómo encajar que Laura sintiese algo por mí. Me pasé una semana evitándola, intentando descubrir qué significaba ella para mí. De todas formas, sabía que mi comportamiento no habría dejado lugar a dudas… Laura acabaría pasando de mí. Como amiga… y como algo más… Pero para nada me esperaba lo que sucedió…

- ¿Qué?

- Laura se propuso demostrarme que era la mujer de mi vida. Apareció en mi casa con un ramo de rosas y una botella de mi vino favorito. Y yo, asustada, ni le dejé pasar… Me enviaba notas al trabajo continuamente, me llamaba, me enviaba mensajes preciosos al móvil… Todo… Mientras yo le respondía con mi indiferencia, ella trataba de demostrarme que no habría nadie como ella para mí. Hasta que no sé exactamente cuándo, me lo creí… Volvió a venir a casa, con las rosas y el vino… Y la dejé entrar… En mi casa, en mi vida y en mi cama…

- Vaya… Es una historia… Preciosa…

- Lo fue, la verdad.

- Pero…

- Pero como todo en la vida, se acabó.

- ¿Cómo?

Marta cerró los ojos con fuerza tratando de contener las lágrimas, pero se le escaparon. Cuando intentó hablar de nuevo, la dominaron los sollozos. Alicia dejó la cerveza y saltó como con un resorte hacia ella, le quitó la botella y la abrazó con fuerza. Estaba impresionada de ver caer así a la persona más fuerte que había conocido nunca. La acunó contra su pecho, susurrándole al oído que todo estaba bien, que ya había pasado… Pero Marta no podía contenerse. Y al final le pudo el orgullo y apartó de su lado a su amiga de un empujón.

- ¡Vete!

- No, Marta, no voy a irme.

- ¡Lárgate! ¡Déjame sola! –las lágrimas la arrasaron de nuevo y escondió la cabeza entre los almohadones-. Por favor…

Alicia quería quedarse a su lado. Pero no podía negarle lo que le pedía. Así que sin hacer apenas ruido salió de la habitación y la dejó sola, llorando, hasta que el cansancio pudo con ella y cayó rendida en un profundo aunque inquieto sueño.

 

La despertaron las caricias sobre sus mejillas, todavía húmedas del llanto.  Se incorporó lentamente, amodorrada.

- ¿Qué…?

- Te dejé sola hasta que te dormiste. Luego me vine contigo. Te recuerdo que no tendré colchón hasta mañana.

- Yo… Lo siento…

- No, la que lo siente soy yo… Desde que he llegado no he hecho más que ser un problema para ti. Creo que debería irme.

- ¡No! No, por favor… Lo prometiste… Firmaste un contrato…

Alicia rió con un deje irónico.

- ¿Y por qué querrías que lo cumpliese si sólo soy una molestia?

- Porque te quiero.

Marta, todavía medio dormida, no fue consciente de lo que había dicho hasta que Alicia se quedó completamente en silencio.

- Yo…

Pero sus palabras se encontraron con la barrera de un beso. Los labios de Alicia acariciaron a los suyos con tanta dulzura, conteniendo tanta pasión, que Marta comenzó a dudar de nuevo de sus sentidos.

- Estoy soñando… Esto es un sueño, ¿verdad?

- Sí, mi amor – susurró Alicia-. Pero es mi sueño…

Y las palabras perdieron su momento, dejando paso a los besos, a las caricias, al contacto entre dos pieles que se ansían. Poco a poco, la ropa también las fue abandonando. Marta olvidó por un instante que se tratase de un sueño… Fuese real o no, era lo que más deseaba en el mundo, era lo que llevaba tantos años esperando… Si era una fantasía… Ahora poco le importaba. Y se dejó llevar por la calidez del abrazo de Alicia hasta lo más profundo de su ser, sintiéndola sobre ella, dentro de ella… Sintiendo sus movimientos rítmicos, sus jadeos en su oído, la humedad de su lengua acariciando su piel… Sintiendo el paraíso por un instante.

 

Cuando los cuerpos se agotaron por completo, se abrazaron, desnudas, exhaustas… Alicia rodeó su cintura, pegándose a ella, apoyando su mejilla sobre su pecho. Marta, agotada, sabía que se quedaría dormida. Pero antes, le besó la frente, la estrechó entre sus brazos y le susurró:

- Eres el mejor sueño de mi vida.

Después de eso, la cubrió la oscuridad como una pesada manta.

2009/03/20

Recuerdos. Parte IX.

- Alicia, ¿qué coño estás diciendo?

- Sé muy bien lo que digo. Esa chica es cariñosa, dulce, amable, tierna…- parecía realmente enfadada, lo que consiguió poner furiosa a Marta- ¡Es todo lo que tú necesitas en una mujer!

- Y tú sabes lo que yo necesito…

- ¡Pues claro que lo sé! Te conozco mejor que nadie.

- Me conocías, Alicia- perdió los papeles y sin dejar de mirar la carretera para no verle la cara a su amiga, comenzó a gritar-. ¡Ya no soy la niña a la que dejaste atrás, cojones! ¿Pero qué coño pasa contigo? ¿De qué vas? Desapareces durante años. Ni una carta, ni una llamada, nada. ¿Y ahora te presentas aquí y pretendes decirme cómo tengo que vivir y con quién? Hazme un favor y déjame en paz, ¿quieres? No eres mi madre, no eres mi hermana, no eres nadie… Te fuiste…

 En algún momento la rabia dejó paso al despecho, a unas lágrimas que surcaron las mejillas de Marta sin que ella misma se diese cuenta. Pero Alicia sí lo vio.

- Marta, para el coche, por favor.

- No.

- Marta…- su voz sonaba enternecedora-. Por favor…

Miró a Alicia de reojo y pudo ver que ella también estaba llorando. No pudo soportarlo. Cedió a sus deseos. Puso el intermitente y llevó el coche hasta una parada de autobús, deteniéndolo. Se volvió para mirar a su amiga y enrojeció de vergüenza. La asaltó la promesa que le había hecho de niña: “nunca te haré llorar”. Ambas habían roto tantas promesas ya…

- Marta, hay algunas cosas que tendré que contarte- suspiró y se recostó en el asiento antes de seguir hablando-. Sé que pretendo mucho de ti al pedirte que me aceptes sin darte explicaciones de por qué no pude ponerme en contacto contigo durante todos estos años. Quiero explicártelo, de verdad que sí… Pero todavía no puedo… No… Déjame encontrar el momento oportuno, ¿vale? Sólo eso…

Sin mediar palabra, el cuerpo de Marta reaccionó solo. Soltó el cinturón de seguridad y sus brazos rodearon el  cuerpo de Alicia, atrayéndola hacia su pecho. Besó su frente y el corazón comenzó a latirle con fuerza cuando las manos del objeto de su deseo se aferraron a su espalda. No pudo reprimir los instintos. Agarró su rostro con dulzura y la miró a los ojos, sonriéndole. Besó sus labios levemente, casi como un roce.

- Esperaré el tiempo que haga falta, mi niña.

Alicia le correspondió con otra sonrisa inmensa, llena de alegría. El pitido del autobús  arrancó a las dos de la sensación de placidez que acababan de construir. Marta hizo un gesto al conductor para pedirle disculpas y puso el coche en marcha de nuevo.

- ¿Quieres saber por qué dejé a Lidia?

- Sólo si quieres contármelo.

- Claro que quiero- le sonrió con afecto-. Verás, llevábamos casi cinco meses saliendo. Y de pronto recibí una llamada de Rosa. Yo seguía enamorada de ella. Sé que fui injusta con Lidia, pero no pude evitarlo…

- ¿Qué quería?

- Quería verme. Dijo que haber estado ese medio año sin mí había sido terrible. Que le daba igual la culpa, que le daba igual todo. Simplemente quería estar conmigo…

- ¿Y la creíste?

- ¡Por supuesto que sí! Estaba loca por ella… La habría creído si me jurase que el cielo era verde fosforito, ¿sabes?

- Y dejaste a Lidia.

- Se lo había contado siempre todo. Conocía mi historia con Rosa y sabía que si ella intentaba volver, me perdería. No tuve que explicarle mucho más. Simplemente le conté que me había llamado. Me dijo que me fuera, que me entendía.

Estaban llegando a casa. Marta encontró cerca un sitio donde aparcar. Guardó silencio mientras realizaba la maniobra. Alicia esperaba expectante. Marta continuó con su historia mientras bajaba del coche, abría el maletero y comenzaba a sacar las piezas del somier.

- Quedé con Rosa en nuestro bar favorito. Solíamos ir allí siempre. Era un bar de ambiente recogidito, en el que a nadie se le ocurría mirarnos mal. Y hacían unas tostas riquísimas. De hecho creo que todavía sigue abierto. Aunque no podría asegurarlo, llevo años sin pasar por allí. Dejé de ir poco después. Sin ella no era lo mismo.

- ¿Qué pasó con Rosa?

- No apareció.

- ¿Te plantó?

- Sí. No volví a saber de ella hasta que recibí la invitación de la boda, el mes pasado- agarró el bloque de piezas más grande de la cama y la transportó hasta la puerta, donde la apoyó para buscar las llaves-. Me hizo gracia.

- ¡Será imbécil!

Alicia la seguía con el otro bloque. Estaba colorada y Marta no supo identificar muy bien si por el esfuerzo o por la ira.

- ¿Cómo pudo dejarte así? ¿Cómo pudo hacerte eso? - dejó las tablas junto a las otras y golpeó con rabia la pared con el puño cerrado- ¡Será zorra!

- Tranquila- se acercó a ella y le acarició la mejilla para tranquilizarla-. Fue hace muchos años y ya está olvidado. Supongo que ella se lo pierde.

- No lo supongas, tenlo claro. Es una idiota por dejarte escapar…- bajó la cabeza, todavía enfadada, mientras Marta abría la puerta-. ¿Y Lidia?

- Vino a por mí. Me dijo que no le importaba en absoluto lo que había pasado. Que me perdonaba.

- Pero no volvisteis…

- No podía mentirle. Seguía enamorada de Rosa y eso me lo había demostrado. Le tenía cariño a Lidia, pero no estaba enamorada de ella. No podía estar con alguien en esas condiciones. Puede que a ella no le importase, pero a mí sí.

Alicia miró a Marta con la boca abierta, sorprendida. Se acercó a ella antes de que pudiese coger de nuevo las piezas y la abrazó con todas sus fuerzas, cortándole la respiración por un instante.

- ¡Alicia, para, me vas a asfixiar!

Cuando soltó la presión las dos rompieron a reír. Marta revolvió el pelo de su amiga y acto seguido cargó con la parte del mueble que le tocaba. Consiguieron entrar tras mucho esfuerzo y bajaron las escaleras entre risas, tropiezos y bromas. Cuando llegaron abajo, se tiraron en la cama de Marta para descansar.

- Ayer te esmeraste con mi cuarto. ¿Tan mal se duerme conmigo?

Marta enrojeció y comenzó a tartamudear de nuevo.

- No, yo… Es sólo que… Hablo en sueños, y eso… Que dormir conmigo tiene que ser un suplicio.

- Dormir contigo es maravilloso.

Enrojeció todavía un poco más. Apartó la mirada del rostro de Alicia, que comenzaba a resultarle más atractivo que nunca. Permaneció callada un buen rato, sin atreverse a romper de nuevo el silencio. Pero su amiga se le adelantó.

- ¿Qué más?

- ¿Más?

- Sí… Rosa, Lidia… ¿Alguna más?

- … ¿No te cansas nunca de preguntar?

- Sabes que no. ¿Quién es ella?

- Se llama Laura. Me dejó poco antes de que decidiese comprar esta casa. Y pensaba que era la mujer de mi vida.

2009/03/08

Recuerdos. Parte VIII.

Alicia se tensó cuando la chica bajita de pelo corto se abrazó efusivamente a Marta.

- ¿Dónde te habías metido, pendón? - gritó cuando al fin rompieron el abrazo-. Pensaba que ya te habías olvidado de mí.

- Sabes que no podría.

Marta le guiñó un ojo y pasó un brazo sobre sus hombros.

- Bien, ¿qué tienes para mí?

- Qué desconsiderada eres.

Marta suspiró, ligeramente molesta. Lidia la miró y se rindió.

- Vale, vale. No empezaré otra vez. Vamos al almacén. Siempre olvido que contigo siempre hay que ir directa al grano.

Le guiñó un ojo con picardía. Marta la soltó para dejarla avanzar, miró hacia Alicia y le sonrió con timidez. ¿Por qué se sentía tan cabrona? No le había hablado de Lidia antes porque no creía necesario contarle su vida, y mucho menos había esperado que Alicia la acompañase a por los muebles. Aunque realmente no debía preocuparle. Alicia no era su novia, no tenía la obligación de darle explicaciones, no tenía por qué sentirse culpable. Pero al encontrarse con los ojos de su amiga, el destello de los celos en sus pupilas le sentó como una bofetada. Caminó a su lado en silencio.

- Pasa, Marta- indicó Lidia cediéndole el paso-. Es por aquí.

Marta se dio cuenta de que su ex intentaba deliberadamente dejar a Alicia atrás. Pero no estaba dispuesta a permitir que eso pasase. Apoyó la mano en el marco de la puerta para impedir que Lidia entrase y con el otro brazo acercó a su compañera de piso suavemente.

- Soy una maleducada- comenzó-. Lidia, ¿recuerdas que siempre te hablaba de Alicia, mi mejor amiga? Pues es ella. Alicia, esta es Lidia, una buena amiga.

Alicia vistió su rostro de un gesto de cordialidad. Marta casi habría jurado que era real. Casi. Lidia no fue tan amable. Miró a su oponente de arriba a abajo, con un deje despectivo. Extendió la mano a desgana, casi como un desafío. Alicia la estrechó con suavidad y firmeza.

- Es un placer- murmuraron ambas.

Lidia pasó primero y les indicó el camino que debían seguir. Era una chica muy habladora, así que su silencio le indicó a Marta que no había sido buena idea llevar a Alicia a su terreno. Maldijo en silencio el momento en que los suplicantes ojos verdes la habían convencido. Sin embargo, la mañana fue mejorando a medida que miraban muebles dañados y de saldo. Alicia y Lidia comenzaron a entablar conversación poco a poco, hasta el punto de que fue Marta quien acabó sintiéndose extrañamente celosa. Finalmente no pudo soportarlo más y las dejó solas sin avisar. Salió por una de las puertas de emergencia mientras ellas continuaban caminando entre los inmensos estantes del almacén. Se apoyó en la pared y se acarició el pelo. La gomina lo mantenía erguido y estable, pero le gustaba la sensación pegajosa entre sus dedos. Se limpió la mano en los vaqueros y sacó del bolsillo trasero la cajetilla de Malboro. Estaba perdida. No sabía de qué iba todo el rollo entre las otras dos y empezaba a molestarla. No eran sólo los celos, sencillamente le parecía imposible que en tan poco tiempo dos personas pudiesen congeniar tan bien. Apenas llevaba un par de caladas cuando vio aparecer las cabezas de Lidia y Alicia por la puerta.

- Te dije que estaría aquí- comentó Alicia con voz triunfal-. No puede vivir sin fumar.

- Si puedo- protestó Marta sin demasiado ánimo-. Pero no quiero.

- Cuando estabas conmigo no fumabas.

Marta levantó la vista hacia la morena de pelo corto. Era cierto. Lidia era una chica deportista que no soportaba el tabaco. Por ella lo había dejado durante los cinco meses que había aguantado siendo su pareja. Sonrió al recordar los detalles.

- ¿No te acuerdas? Volví a fumar el día que te dejé.

Ninguna de las tres se veía capacitada para romper el silencio que se instauró en ese momento. Finalmente fue Marta quien cedió a la incomodidad de la situación.

- ¿Ya has visto algo que te guste, Alicia?

- ¡Sí!- se le iluminaron los ojos cuando corrió hacia su amiga para tomarle las manos y arrastrarla de vuelta dentro-. ¡Tienes que verlo!

Dejó caer el cigarrillo a medio consumir y lo pisoteó con la bota. Envió una sonrisa de resignación a Lidia, que le devolvió una mirada plagada de ternura, y entró agarrada de la mano de Alicia.



Lidia les ayudó a cargar las tablas en el amplísimo maletero del coche. Las tres se despidieron, Marta no podía creerlo cuando vio a sus dos amigas permanecer más tiempo del que le parecía necesario fundidas en un caluroso y efusivo abrazo. Se subieron al coche mientras Alicia le prometía a Lidia que la llamaría para salir algún día. Marta arrancó y se apresuró a salir de allí.

Permanecieron calladas la mitad del viaje, y fue Alicia quien rompió el silencio del modo más radical que Marta podía haber esperado.

- Eres una idiota. No entiendo por qué la dejaste. Es una mujer increíble.

2009/03/04

Recuerdos. Parte VII.

Alicia se sentó a su lado, en el asiento del acompañante.

- Lo menos que puedo hacer es ayudarte a traer mi cama, ¿no? A fin de cuentas dormiré yo en ella.

- No hace falta, de verdad.

- Arranca, anda.

Marta metió las llaves en el contacto meneando la cabeza. Lo cierto es que el motivo por el que había propuesto ir sola es que la ponía nerviosa la cercanía de su amiga. Empezaba a darse cuenta de que no podría continuar mucho tiempo así. Nunca había imaginado que la presencia de Alicia la enajenaría de tal forma. Ahora no sólo recordaba sus sueños, sino que imaginaba que Alicia la correspondía en ellos. ¿Y si un día se dejaba llevar por las fantasías y acababa haciendo algo impropio? Estaba tan sumida en sus pensamientos que no reparó en que Alicia no le quitaba los ojos de encima y mantenía una tímida sonrisa.

- ¿Sabes que hablas en sueños?- murmuró con desinterés.

Marta se puso rígida. ¿Qué habría dicho? Realmente prefería no saberlo.

- Sí, me lo han dicho algunas de mi ex.

- ¿Tus ex?

- Sí...- Marta enrojeció como un tomate; se sentía como una traidora-. Bueno, ya sabes...

- No, no tengo ni idea. Me gustaría que me lo contases. No sé nada de ti desde que me fui. Me gustaría recuperar el tiempo perdido, la verdad.

Marta suspiró. Menuda terapia.

- Conocí a Rosa un año después de que te fueras. Fue la primera mujer con la que estuve. Me llevaba unos cuantos años...

- ¿Cuántos?

- Vale, está bien, me doblaba la edad... Era una profesora substituta de literatura. Lo cierto es que la historia fue preciosa. Nos llevábamos bien, ella me gustaba, yo siempre fui su alumna favorita... Un día quedé con ella para que me prestase unas obras de Lorca, su escritor favorito... Y bueno... No sé cómo acabé metiéndome en su cama. Pero la culpabilidad de Rosa acabó con todo. Pidió la baja por depresión y desapareció del mapa...

- Como yo...

- Sí... Bueno...

- ¿No volviste a saber nada sobre ella?

- Se casó el mes pasado.

- ¿Con una chica?

- Con su novio de toda la vida.

- ¿La querías?

- Con todo mi corazón.

- ¿La sigues queriendo?

- No... Eso pasó...

Alicia suspiró y se acomodó, hudiéndose en el asiento y mirando hacia un punto lejano a través de la ventanilla.

- ¿Es tan fácil olvidar?

- Con ella lo fue. Pero no suele serlo...

La copiloto volvió a mirar a su interlocutora con avidez.

- Cuéntame más, por favor.

Marta puso el intermitente y apartó hacia la tienda de muebles. Aparcó en silencio, ante la atenta mirada de Alicia. Apagó el motor y bajó la vista, mientras sus mejillas enrojecían.

- La siguiente fue Lidia.

Bajó del coche ante la atónita mirada de Alicia, que tardó unos segundos en recuperarse de la sorpresa y seguirla.

- ¿Qué ocurre?

Entraron en la tienda y Marta señaló hacia la chica que se le acercaba sonriendo con verdadera alegría.

- Alicia, te presento a Lidia.


2009/02/17

Recuerdos. Parte VI.

Marta recordaba la reacción de sus padres, de sus amigas de toda la vida, de sus compañeras de la facultad… Ese silencio, ese maldito silencio antes de la catástrofe… No había tenido suerte. Parecía que se había criado con la mayoría de los intolerantes de la ciudad. ¿Sería Alicia igual que ellos? Levantó la mirada y la clavó en la espalda de su amiga, que se había tensado y permanecía completamente inmóvil. Permanecieron así unos segundos eternos, medio minuto de agonía. Marta suspiró y se acercó a la nevera. Una cerveza más no le haría daño. O todo el pack, ya puestos… Agarró la fría botella y con cuidado mordió la chapa con los dientes, arrancándola mediante palanca. Cerró los ojos y se llevó la botella helada a la frente. El frío la despertaría un poco. Sintió cómo algunas gotas de condensación le bajaban por la mejilla, escapándose ligeras hacia el cuello. Y entonces las manos de Alicia envolvieron su cintura, sin hacer apenas ruido. La abrazó por la espalda, con una dulzura que la hizo estremecer de placer.

-          - ¿En qué lado de la cama quieres dormir, Marty?

Se estremeció al escuchar la dulce voz cerca de su oído. De nuevo los nervios la delataron.

-          - Me… me… me da igual.

-          - Bien. Si no te importa me voy ya. Estoy muerta… Da igual si haces ruido o no cuando vengas, no me enteraré.

Y dicho esto se dio la vuelta y agarró el asa de su maleta para llevarla consigo a la habitación. Marta entendió cuando vio desaparecer a Alicia dentro de la habitación que esa noche no podría dormir.

 

Se entretuvo hasta tarde pasando la escoba, la fregona, los trapos e infinidad de productos de limpieza por el suelo del cuarto que sería para Alicia. Sería maravilloso poder dormir con ella, pero si lo que quería realmente era dormir, ella era el elemento que sobraba en la ecuación. Sabía que no haría otra cosa que mirarla durante toda la noche, como hacía antes de que se fuera, antes de haberle dicho nada. Se dejó caer, agotada. La habitación había cambiado notablemente. Suspiró y apoyó su espalda en la pared para descansar un momento. Si no hacía acto de presencia, Alicia se enfadaría. Tenía que acostarse a su lado, tenía que sentir el calor sofocante que desprendería su cuerpo, tenía que quedarse completamente quieta para que sus manos no la delatasen buscando la piel… Se levantó antes de darse oportunidad a pensar más. Se metió de cabeza en una ducha de agua fría para calmar los ánimos y cuando pensó que podría soportarlo, se puso una camiseta de básquet para dormir al lado de la mujer de la que llevaba enamorada toda su vida.

Tras deslizarse entre las sábanas sin hacer ningún ruido, se dispuso a pasar la noche entera mirando al techo. Sin embargo, todo el día de trabajo acabó haciendo meya en su consciencia y a los pocos minutos comenzó a respirar más profundamente y se dejó acariciar por los sueños.

 

Alicia la acariciaba. Abrió los ojos y se la encontró de frente, recorriendo sus labios con la punta de los dedos. Apenas había luz, pero los ojos verdes refulgían entre las tinieblas como un faro, llenos de deseo.

-          - No te imaginas cuanto tiempo llevo esperando para poder acariciarte.

Marta sabía que era un sueño. ¿Por qué no disfrutarlo? Agarró la nuca de Alicia y la acercó con suavidad hacia ella. Sus labios se rozaron ligeramente, como un leve aleteo. Fue Alicia quien formó con más consistencia el dibujo de un beso apasionado. Por un instante, Marta tuvo la vívida sensación de que estaba viviendo algo real. Pero luego Alicia aflojó el beso, se apartó, acarició de nuevo la frente de Marta para apartar un mechón rebelde y se acurrucó contra su pecho. Era el sueño más maravilloso del mundo. Por desgracia, ella jamás recordaba los sueños.

 

Marta abrió los ojos cuando el primer rayo de luz atravesó las rendijas de las contras. Tomó aire profundamente y lo expulsó con satisfacción. Había sido una noche magnífica. Había tenido el mejor sueño de su vida… ¿Lo recordaba? La emoción le hizo soltar una pequeña carcajada. Desde su pecho surgió una voz somnolienta.

-         -  ¿Qué te hace tanta gracia?

Alicia estaba abrazada a su cintura, como si fuese una manta más. Marta enrojeció y su cabeza comenzó a dar vueltas y más vueltas. ¿Había la más mínima posibilidad de que la noche anterior no hubiese sido un sueño?

2009/02/12

Recuerdos. Parte V.

Marta pudo sentir cómo enrojecía de pies a cabeza.

- La verdad es que no te esperaba. Yo...

El rostro de Alicia se ensombreció.

- Ya. Lo sé. Si quieres que me vaya...

- ¡¡NO!!

La agarró por el brazo cuando comenzaba a alejarse y la atrajo hacia ella sin pensar, quedando a escasos centímetros de sus labios. Sus nervios enseguida la delataron haciéndola tartamudear.

- Es sólo que... que... que hace tanto que no sé nada de ti... Pensé que...

- Pensaste que te había olvidado y que tus cartas no me llegaban.

- Pues... sí.

- Tengo todas y cada una de las cartas. Es... Difícil de explicar. Pero estoy cansada. Demasiado cansada. Si no quieres que me quede contigo me voy a un hotel...

- ¿Hotel? ¡Ni hablar! Te quedas. Y además... Si no tuviese sitio para ti... ¿Con tu familia no sería mejor que en cualquier hotel?

Marta fue consciente del escalofrío que recorrió la espalda de Alicia, pero lo disimuló como pudo y se lanzó de nuevo a abrazar su cuello. Impulsivamente, se puso de puntillas y le besó la mejilla, muy, muy cerca de la comisura de los labios.

- Gracias por dejar que me quede. Sabía que contigo aquí siempre podría volver a casa...

Marta no pudo evitar rodear a su amiga con los brazos y transmitirle todo el amor que sentía por ella. Sabía que nunca pasaría de ahí, pero estaba dispuesta a conformarse, a tener sólo eso de ella, a olvidarse del resto del mundo si ella se quedaba a su lado... Permanecieron algunos minutos con los cuerpos pegados, hasta que Alicia deshizo el abrazo y agarró el rostro de Marta entre sus manos. Sus ojos estaban anegados de lágrimas y Marta se asustó.

- ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Sin responderle, Alicia tiró ligeramente de su cuello para atraerla hacia su rostro y con una dulzura que Marta jamás había sentido, posó sus labios sobre los de ella. Sin saber cómo debía reaccionar, Marta permaneció inmóvil. Se dejó inundar por la sensación de los labios cálidos que tanto tiempo había deseado. Le asustaba pedir más, pero ese gesto... Entonces sus labios desaparecieron y al abrir los ojos se encontró con una Alicia sonriente.

- Eres la mejor amiga que podría desear.

Marta respondió a la sonrisa, confusa. "Amiga"... Ella quería ser bastante más que su amiga. Pero siempre había sabido que sus sueños eran imposibles.

- Hoy puedes dormir en mi cama, yo me busco la vida. Mañana iré a comprar otro colchón para tu habitación. Aunque todavía está sin acondicionar. Pero trabajaré lo más rápido que pueda.

- ¡Eh! Yo también tengo manos. Y hoy las dos dormiremos en tu cama, es lo bastante ancha para las dos.

- Es mejor que no, Alicia.

- Marta, no dejaré que te "busques la vida"- hizo gestos emulando las comillas-. Si no quieres compartir la cama conmigo como hemos hecho siempre, me voy a un hotel.

- Alicia... Siempre... Fue hace cuatro años. Las dos hemos cambiado mucho.

- ¿Y ahora no podemos compartir cama debido a esos cambios?

- No, Alicia- Marta suspiró, de repente se sentía muy cansada, estaba harta de fingir-. No podemos porque soy lesbiana.

2009/02/07

Recuerdos. Parte IV.

Marta no fue capaz de cerrar la boca. Fue Alicia la que dio el paso hacia ella y la estrechó entre sus brazos. Había olvidado por completo lo fuerte que era a pesar de lo flacucha que solía estar. Aunque los años fuera le habían sentado bien. Cuando se separaron, Marta no pudo evitar que sus ojos escapasen hacia el escote de su amiga. Sacando pecho, Alicia le sonrió con picardía.

- ¡Eh, ya no me ganas por tanto!

Y con todo el descaro del mundo, acarició su pecho por encima del minúsculo top, provocándole un escalofrío y haciendo que sus pezones resaltaran contra la tela. Avergonzada, Marta se ocultó tras la puerta y se apartó para dejarla pasar. Caminó detrás de ella mientras se sacaba las gafas de sol. Su mirada la recorría con deseo, pero se mordía el labio con fuerza cuando su mente se desviaba. ¡Era tan frustrante! Alicia se paseó por toda la casa, con la añoranza enfundada en sus ojos verdes. Sin mediar palabra, se acercó al congelador y lo abrió. Dejó escapar un grito ahogado al ver su contenido.

- ¿Qué ocurre?- preguntó Marta preocupada y acercándose a su lado.
- Hay helados... - respondió visiblemente decepcionada.
- Sí, para eso se usan los congeladores, Alicia.
- No... Nuestro contrato...

Marta se quedó de piedra ante sus palabras. Ella también lo recordaba. No tenía ni idea de cómo podía reaccionar. Titubeando, se acercó a su cuarto y levantó el colchón en la esquina donde había dejado la pequeña y marchita hoja de papel. Se la extendió sin poder articular palabra. Alicia la tomó de entre sus manos y sus ojos brillaron de ternura, sin que apartase la mirada de Marta. Agarró su cuello y se acercó pegando sus cuerpos.

- No sabes lo que esto significa para mí.

Los labios de Marta se entreabrieron. Pasó la lengua por ellos, trasluciendo el deseo que sentía. Pero Alicia hundió la cabeza en su pecho y permaneció así unos instantes, antes de separarse de nuevo y volver al congelador a por un helado. Se dio la vuelta con una sonrisa dibujada en los labios y un brillo pícaro en los ojos.

- Me temo que tendremos que dormir en la misma cama, ¿no?


2008/11/24

Recuerdos. Parte III

Se secó el sudor de la frente con la muñequera, mientras sostenía con sus labios las cuatro puntas que todavía le faltaban por clavar. Poco a poco había ido arreglando cosillas aquí o allá. Se había deshecho de toda la maleza del jardín y había plantado rosales, sus favoritos. Algunos estaban a punto de florecer. También había limpiado el interior. Hasta había hecho habitable un cuarto y el baño. Se había trasladado ya a su nuevo hogar. Así podía dedicar todo su tiempo libre a arreglar el desastre de casa que había comprado en su arrebato de locura.

Con golpes firmes de martillo apuntaló el último de los clavos. Las contras ya funcionaban... Así podría dormir en condiciones, sin que la luz la despertase al amanecer. Miró alrededor, satisfecha. Pronto aquel desastre se convertiría en un verdadero hogar. Decidió tomarse un descanso y se acercó a la destartalada cocina, irónicamente lo único que no había dejado de funcionar. La nevera, a pesar de ser antigua, servía para enfriar sus cervezas. Abrió la puerta y cogió una de las botellas. Se la acercó a la cara, perlada de sudor, para sentir el frío. Sus labios agradecieron el respiro que el líquido amargo les proporcionaba. Se acomodó en el colchón que le servía de cama en el momento justo en el que sonaron unos tímidos golpes en la puerta.

Rezongando, se levantó, temiendo encontrarse a algún vecino que protestase por los golpes. Atravesó el salón y el recibidor. Abrió la puerta distraída, sin darse cuenta de la indumentaria que llevaba, simplemente unos shorts vaqueros y una camiseta más bien escasa que dejaba intuir todo lo que escondía debajo. Sin embargo, al encarar a la persona que tenía delante, a punto estuvo de dejar caer la botella de cerveza al suelo. Aquellos ojos verdes que tanto recordaba estaban ante ella, sin más aviso, sin preparación, tras abandonar toda esperanza. Alicia estaba allí, apoyada en el marco de la puerta, con las gafas de sol ligeramente caídas sobre su graciosa naricilla y un escote de infarto que rivalizaba con el suyo propio.

- ¿Alicia?
- Eh,  te dije que cumpliría mi palabra...


2008/10/31

Recuerdos. Parte II

Marta cogió la cajetilla del bolsillo trasero del pantalón. Sacó un cigarrillo y el mechero. Sus labios sostuvieron la boquilla mientras las manos se movían con rapidez para encender la pequeña llama. Aspiró la primera calada con avidez, disfrutándola, deseándola. Levantó la cabeza y suspiró al aire, ahogándolo con el humo del tabaco. Se sentó sobre la mesa de piedra redonda del jardín. Todo estaba hecho un desastre. Se pasó la mano por el pelo, todavía húmedo de la ducha. "Debería haberme puesto gomina", pensó. Pero no le apetecía volver al interior de la casa. Allí las cosas todavía eran peores. Rebuscó en el bolsillo delantero de su pantalón y encontró los pedazos unidos con cinta adesiva del estúpido contrato. ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente romántica?

Si Laura no la hubiese dejado, probablemente ni se habría planteado una locura semejante. No sólo había perdido todos sus ahorros, sino que tendría que soportar la hipoteca durante cinco largos años. Ni siquiera sabía si el trabajo le daría para tanto tiempo. La crisis estaba haciendo estragos con la empresa. Y pronto no necesitarían sus servicios. Suspiró de nuevo soltando el humo. Su mente voló sin remedio a los intensos ojos verdes de Alicia. Nunca entendería por qué había llegado a quererla tanto. Nunca había sido igual con ninguna de las demás, con ninguna de las ex que poblaban su vida. Quizás por eso había comprado la casa. Al menos así se sentiría más cerca de ella.

Se levantó, molesta. Al fin y al cabo, Alicia sólo era una amiga. Nunca sería nada más. De hecho ni siquiera sabía que era lesbiana. Se había ido antes de darle tiempo a poder confesarle que estaba loca por ella. Cruzaron un par de cartas, alguna llamada telefónica y finalmente ella desapareció en el olvido, ignorando sus cartas. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuatro años? ¿Por qué? ¿Por qué no conseguía olvidarla?

2008/10/25

Recuerdos. Parte I

Teníamos 15 años cuando firmamos aquel contrato. ¿Lo recuerdas? Fue una tontería. Los testigos habían sido el coñazo del perro del vecino y los gritos histéricos de tu tía para que bajásemos la música. Me habría gustado cumplirlo. Pero para ti sólo era un juego. Para mí tú lo eras todo.
 
Guardamos el contrato en el lugar donde creímos que mejor podría conservarse: el congelador. Estupideces de dos niñatas. Pero dos niñatas tan tiernas...
 
Te preguntarás por qué recuerdo todo esto ahora. He estado allí otra vez. Ya no es como antes. Es un desastre de lugar, abandonado, hundido. Tu familia lo ha olvidado. Poco tiempo después de que tú te fueras, en realidad. Así que todo quedó como aquella tarde en que te quise más que nunca. Dentro del congelador seguían los restos de aquel papel en el que las dos habíamos firmado, comprometiéndonos a regresar para vivir juntas en aquella misma casa.
 
¿Por qué te he escrito? ¿Por qué hacerlo pese a que sé que no obtendré respuesta como ocurrió con todas las cartas que te he enviado? No lo sé. Quizás simplemente quería hacer un último intento y comunicarte que yo sí cumpliré  la promesa. Me he comprado la casa, Alicia. Me he comprado esta ruina y la convertiré en el hogar que tú y yo habíamos soñado de niñas. Quizás algún día vuelvas a verla y a cumplir tu parte del trato.
 
 
Un beso, mi cielo. Cuidate donde quiera que estés.
 
 
Marta

 

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